lunes, 1 de diciembre de 2014

UNA FÁBULA DESCONOCIDA


   Hay un soneto de cierto Sebastián de Gadea que circuló manuscrito a finales del siglo XVII con el siguiente título: En ocasión de haber dado un flujo de sangre por las narices a la Señora D.ª Leonor de Silva y a la Sra. D.ª Mariana de la Cerda, estando en el Salón viendo representar la comedia de Las armas de la hermosura. Se podrá ironizar con la extensión del epígrafe o la transcendencia de la anécdota, pero a mí me suele gustar este tipo de poesía desenfadada, cortesana, que celebra pequeños momentos de la vida -apagar con gracia una bujía, reconocer una caligrafía en un billete, asistir a las comedias por la tarde...- sin pretender la gravedad reservada a los grandes temas. En una subasta reciente se vendía un manuscrito sin datar que me pareció relacionado con todo esto. En la dedicatoria el mismo nombre, Mariana de la Cerda. La escritura, una bastardilla del siglo XVII. Durante el siglo XIX y todavía a inicios del XX era fácil encontrar en el comercio del libro antiguo estos vestigios de un tiempo -el último quizás- en el que la difusión manuscrita era un canal más de la cultura literaria, independiente de la imprenta, y en el caso de la poesía, prevalente. Sobre esa facilidad, por fortuna, se pudieron enriquecer entonces los fondos de no pocas bibliotecas institucionales. Hoy es muy raro. Quedó sin rematar y lo compré días después al precio de salida.


   La Pelopeia, o Fábula de Pélope, hijo de Tántalo y Taisetes, Reies de Frigia, y de Ypodamia, hija de Oenomao y de Pisa, reies de la mayor parte de Teuas. Sacada del Tostado, Euseuio, parte 3ª. Devajo de la proteçción de mi señora doña Mariana de la Cerda. 
   Manuscrito del siglo XVII en bastardilla compuesto por dos cuadernillos cosidos de diez hojas en cuarto cada uno formadas por folios doblados. Observando las costuras se aprecia que el primero pudo ser mayor, pues faltan tres hojas que imagino en blanco antes de la portada y se ve después de ella otra hoja cortada casi al ras, sin que se pueda saber si contenía texto o no (en forma de algún poema preliminar, por ejemplo), pues la fábula parece íntegra desde el título. Sin foliación ni numeración de ningún tipo. Carece de encuadernación pero presenta restos en el lomo de haber sido protegido por unas simples cubiertas de papel oscuro encolado. Imagino que lo haré encuadernar como corresponde, pues no en vano se dice que una buena encuadernación preserva el libro.

   Aunque era imposible identificar a la destinataria de la mención inicial sólo por su nombre (pues siendo su apellido el característico del ducado de Medinaceli se documentan sin dificultad varias homónimas en el siglo XVII), pensé al principio que el manuscrito pudiera proceder de los mismos círculos literarios granadinos de Gadea, el autor del citado soneto, pues concurrían otras casualidades. La comedia de Calderón Las armas de la hermosura se cree hoy estrenada en noviembre de 1678, pues de entonces data su mención más antigua, y de julio de 1679 sus primeros testimonios, impreso y manuscrito. La fábula dice estar basada en el Comentario de Alfonso de Madrigal, el Tostado, a las Crónicas de Eusebio de Cesarea, del que se conocen ediciones del siglo XVI pero ninguna en más de cien años hasta 1677, cuando se vuelve a editar. El tema mitológico de Pélope aparece raramente en la poesía de nuestros siglos aúreos; apenas encuentro dos ejemplos ya tardíos, ignoro si habrá más. Uno de ellos es una comedia inédita de Sebastián Rejón estrenada en 1698, Ypodamia y Pélope, pero el otro es un raro impreso de cierto Francisco Antonio de Viedma Narváez, Descripción breve de la fábula de Pélope e Hippodadmia, publicado en Granada en 1670, cuyo autor curiosamente frecuentaba las mismas academias literarias que Sebastián de Gadea por aquellos años.

    Diseño del telón para la representación de la comedia Ypodamia y Pélope de Sebastián Rejón en el Coliseo del Buen Retiro el 30 de julio de 1698, dibujado por Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia y publicado por John E. Varey en 1981
     Algunas reproducciones del breve impreso de Viedma Narváez facilitadas muy amablemente por la librería anticuaria Berrocal, que lo reseña en su catálogo 103/15. A primera vista no encuentro otra copia en bibliotecas españolas.  

     Demasiadas casualidades que se quedaron siéndolo cuando pude revisar directamente el manuscrito. Contiene una fábula en romance pasada a limpio en cuidada letra con muy pocas correcciones -apenas una estrofa pulcramente tachada y poco más- distribuida en una hoja de título, otra de argumento en prosa, catorce hojas con 432 versos en cuartetas escritas en recto y vuelto, una hoja final de declaración en prosa y tres hojas adicionales que originalmente debieron quedar en blanco donde, entre pruebas de pluma y notas sueltas de distinta escritura se lee una que identifica sin dudas su procedencia y contribuye a datarlo bastante antes. Ha de ser simultánea o posterior a la fábula, pues no tiene sentido haber escrito ésta en cuidada letra en unos cuadernillos previamente manchados.


Páginas iniciales de la fábula de Pélope, arriba. A continuación, algunas anotaciones de distinta mano en las hojas finales en blanco. 

   Quien escribió esta nota final dedicaba el manuscrito a su madre, Catalina de Ocáriz y Otalora. No es necesario recurrir a todas esas dudosas páginas de contenido genealógico que proliferan por la red para identificarla. Teniendo el nombre de la dedicatoria inicial de la fábula y éste basta la ya abundante documentación digitalizada en los archivos españoles. Del Histórico Nacional, Simancas, Indias, Chancillería de Valladolid e Histórico de Álava he obtenido las siguientes noticias. Catalina de Ocáriz era nieta del que fue Presidente del Consejo de Indias Miguel Ruiz de Otalora y debió nacer ya avanzada la década de 1580, pues de ese año es la cédula que nombraba a su padre, el fiscal Domingo de Ocáriz, comisionado para tomar las cuentas de la Casa de Contratación de Sevilla, y se lee en documentos posteriores que ella nació en Sevilla “de paso”. Pese a su juventud, Catalina era ya viuda desde 1606 de Antonio de Sámano, un muchacho de veinte años, nieto y heredero del que fue secretario del Consejo de Indias, Juan de Sámano. Vivió con él en Santo Domingo de la Calzada. Se sabe sin duda que se casó después con Fernando de la Cerda (hijo ilegítimo de Fernando, hermano de Juan de la Cerda, IV duque de Medinaceli) nacido en 1577 en Esparragosa de Lares, donde era comendador su padre; consta por su expediente de pruebas que había ingresado en la Orden de Santiago a los 22 años, en 1599. Se casaron a finales de 1608, pues de Valladolid a 13 de septiembre de ese año es la escritura de dote. De su cuantía, dieciocho millones doscientos mil doscientos setenta y seis maravedís que aporta ella en dos juros y un censo con otros bienes adicionales, unida a las rentas por la encomienda de Santiago que aportaba él es fácil deducir que gozaban de una posición elevada, y que ésta fue mejorando, pues en 1609 se le nombró gentilhombre de la boca de Felipe III, según reseñan las Relaciones de Cabrera de Córdoba. Se sabe que residían en la corte, pues así lo declaran expresamente en un penoso pleito en el que se vio envuelta ella con los herederos de su primer marido desde 1608. En julio de 1613 la pareja todavía vivía en Valladolid, donde firmaron una escritura de censo. En agosto de 1617 estaban ya en Madrid, donde suscribieron una ratificación de la dote junto a la madre de Catalina, Juana de Otalora; los tres testigos se identificaron como criados de ésta. Del ir y venir entre Madrid y Valladolid y del tiempo en que tuvieron a sus hijos hay varias noticias curiosas que la mencionan entre las profecías y milagros recogidos en la Vida devota de la beata madre Maria Ana de Jesús (Valencia, 1783, pp.184, 216, 226, 233). Tuvieron un hijo varón, Francisco de la Cerda, que debía ser todavía un niño al ingresar, como su padre, en la orden de Santiago (1622). En su expediente de pruebas se dice que nació en Carabanchel “de paso”. Andando el tiempo aparecerá en la documentación como diputado general de Álava (1645) o corregidor de Valladolid (1650).
   Tuvieron también una hija. 
   Se llamó Mariana de la Cerda. 
  Casi toda la información que he obtenido hasta ahora de ella es indirecta. Debió nacer  hacia 1610-1615 y casarse en los primeros años de la década de 1630 con un prestigioso marino, Jerónimo Gómez de Sandoval, capitán general del mar Océano, que cuando ella nació combatía ya contra los piratas en las costas de La Española y Cuba. De la abundante documentación relativa a él se infieren largos períodos de residencia fuera de España, y desde 1626, prolongadas ausencias escoltando los navíos que hacían regularmente la ruta entre España y América. Pero desde 1630 hasta 1638, cuando vuelve a aparecer en activo al mando de los galeones de la carrera de Indias, hay un intervalo documental en su carrera naval que debe corresponderse con su boda con Mariana y el nacimiento de su hija, Catalina María. En esos años la pareja, residente también en la corte, debió consolidar un dominio jurisdiccional y económico sobre Ontiveros y otras villas cercanas. En 1647 Gómez de Sandoval muere en el mar cuando acudía a Nápoles en el estado mayor de don Juan José de Austria. En años sucesivos Mariana, ya viuda, figura en algunos documentos de carácter económico y jurídico. En 1652 se casa su hija Catalina María Sandoval de la Cerda con otro militar de alto rango, Manuel de Bañuelos, capitán general y consejero de Guerra, según un expediente de pruebas de ese año. En 1667, finalmente, solicita ante el Consejo de Castilla el marquesado de Ontiveros, que obtendrán su hija y su yerno en 1677. No he encontrado todavía la referencia exacta a su fallecimiento, pero en enero de 1693 se tasan sus bienes y unos meses después los de su hija por lo que en junio de ese año habían muerto ambas.
   Todos estos fríos datos nos permiten saber que Mariana de la Cerda formó parte de una familia de letrados y militares de origen aristócrata al servicio de la Corona que acabaría accediendo de nuevo a la nobleza titulada, pero no es fácil profundizar más allá de esa cartografía que los documentos trazan sobre el tiempo de cada persona. Nada confirma que tuviera interés por la literatura, aunque la propia existencia de este manuscrito, algunas de sus anotaciones finales y el hecho de que sus precarias hojas hayan sobrevivido lo sugieren. Se adivina una relación cercana con el padre, casado en 1640 en segundas nupcias y todavía activo en el Consejo de Guerra y otros cargos durante más de dos décadas hasta su muerte siendo ya octogenario mayordomo de la reina regente, pues consejeros de Guerra fueron también Sandoval y Bañuelos. Probablemente también con el hermano, que se persona por ella en algún pleito jurisdiccional, una vez viuda; revisando la documentación adecuada no debería ser difícil averiguar si se trata del mismo Francisco de la Cerda, menino de la reina, que contribuye con un epigrama al Anfiteatro de Felipe el Grande (1631) y figura citado como autor de versos heroicos y comedias en el Para Todos de Montalbán (1632). Se pueden adivinar también varios años de ausencias duraderas del marido siendo su hija todavía pequeña, quizás pendiente de los avisos de ultramar, e incluso imaginar una vida entre cultas damas de la corte que leen novelas y poemas o asisten a las comedias, en un período que va a coincidir con la pérdida de la madre sin llegar a la vejez. El fallecimiento de Catalina de Ocáriz aporta la principal certeza externa sobre el manuscrito: ha de ser anterior a junio de 1640. Más allá, por el momento, nada definitivo he encontrado. Queda, por supuesto, el análisis de las evidencias que puedan obtenerse directamente de él. ¿Me parecerá tan solo a mí que en esa mención a la madre se insinúa una escritura todavía infantil? ¿Será demasiado especulativo suponer en tal caso una fecha de composición para esta fábula hacia 1620-1625? ¿Podría incluso identificarse su cuidada letra, considerando que es la copia que perteneció a la destinataria de su dedicatoria? No parece desatinado imaginarla obra de alguno de los muchos poetas que en esos años residen en Madrid tratando de ganarse el sustento al servicio de los aristócratas de la corte, quizás como secretarios, quizás como bibliotecarios, quizás -más oportunamente en este caso- como preceptores de sus hijos. No lo parece tampoco teniendo en cuenta que la propia materia mitológica en forma de fábula resurge en esos años posteriores a la difusión del Polifemo o las Soledades y a su polémica. Quien fuera su autor manejó con bastante certeza la edición salmantina postincunable del Comentario del Tostado a las Crónicas de Eusebio, pues a ella parecen corresponder finalmente las citas de parte y capítulo. Queda identificar a ese poeta. Nada menos.

Página final de esta fábula de Pélope y declaración. Si alguna curiosidad despertara, se pueden descargar las reproducciones de la fábula completa en este enlace.

7 comentarios:

  1. Urzay, como siempre, investigación -con sus resultados- y fotografías -buen enlace- al servicio de la divulgación de obras del Siglo de Oro. ¡Una maravilla!

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    1. Me pareció interesante poner el enlace a la reproducción completa, teniendo en cuenta que no encuentro otra copia ni referencia alguna a esta fábula. Así, si alguien se anima a estudiar su texto e intentar una atribución puede hacerlo. En realidad yo me he limitado sólo a situarla. Y sí, la verdad es que la literatura de ese período me resulta fascinante y creo que no todo lo divulgada que merece. ¡Un abrazo!

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  2. A mí, que no estoy en el mundo de los manuscritos antiguos, me parece un prodigio tener entre las manos un manuscrito de hace siglos. Este, además, me parece hermosísimo. Y me maravilla también tu concienzuda y emocionante investigación histórica. ¡Felicidades!

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  3. Muchas gracias, Elena, verdaderamente es un prodigio que en realidad es posible porque a muy pocos nos parece que lo es. Yo también creo que la escritura manuscrita tiene una belleza que en nuestras culturas occidentales hemos dejado de apreciar bastante, a diferencia de las orientales, que siguen considerando la caligrafía como un arte, por ejemplo. Precisamente hoy veo en varios periódicos una noticia sobre el aprendizaje de la escritura en el sistema educativo que me produce una sensación ambivalente.

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    1. A mí ese artículo más bien me ha deprimido. Dejar de lado el arte de la caligrafía me parece una gran pérdida.

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    2. A mí no me parece mal que se quiera mejorar el uso del teclado. Yo nunca aprendí mecanografía y aunque me arreglo patéticamente con dos dedos, sé que pierdo mucho tiempo al usarlo. Sin embargo, que se haga a costa de la escritura manual me parece también un grave error que me temo afectaría al desarrollo de otras capacidades durante el aprendizaje. Pero por centrarme en la belleza de la escritura a mano, hace poco vi un video de un artesano norteamericano mostrando cómo escribía con una estilográfica japonesa a la que había retocado levemente el plumín. ¿Quién no querría escribir a mano después de ver lo que se puede hacer con una pluma?

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    3. ¡Más que escritura, eso es arte! Si lo intento yo, apuesto a que a los dos segundos he hecho un borrón.

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