Que a comienzos de 1835 Jean Gigoux quería algo más está fuera de toda duda. Tenía 29 años. Estaban, sí, esas litografías inesperadamente bien pagadas que le compraba Achille Ricourt para L’Artiste, esos primeros retratos que ya le habían permitido acudir al Salón oficial de la Academia de Bellas Artes, esas frecuentes visitas al salón literario de Nodier en la biblioteca del Arsenal, allí donde con 29 años aprendía quién quería ser. No pudo llegar en mejor momento a su modesta buhardilla de Saint-André-des-Arts aquella propuesta: tres editores, Paulin, Hingray y Dubochet, preparaban al parecer una nueva edición de Gil Blas de Santillana. El primero de ellos pondría el nombre. El último, los 14.000 francos necesarios para iniciarla. Después pretendían financiarse con las contribuciones de los suscriptores, pues contaban con el atractivo que podía tener para el gran público una edición de esta novela a precios populares salpicada en toda su extensión con vivaces imágenes modernas al estilo que permitían las más recientes técnicas de grabado, y no mediante láminas intercaladas fuera de texto, como se había ilustrado hasta entonces.
En resumen, necesitaban cien dibujos.
En resumen, necesitaban cien dibujos.
Jean Gigoux en la década de 1830. Al lado, anuncio de la suscripción tal como la reproduce Leopold Carteret en Le trésor du bibliophile romantique et moderne, 1801-1874, III, París, 1927.





