lunes, 27 de enero de 2014

EL ELZEVIRIÓMETRO


 
   En un conocido relato bibliófilo cuenta Charles Nodier que cierto Teodoro, su protagonista, llevaba siempre un artilugio diseñado para medir con extrema precisión la longitud de las ediciones elzevirianas. La explicación de tan gran exactitud se encuentra en las peculiares características de muchas de las series editoriales impresas por la oficina que fundó en 1587 Lodewijk Elzevir en Leiden y continuaron sus numerosos descendientes, particularmente en las impresas por Bonaventura y Abraham entre 1626 y 1652, por Jean y Eva, su viuda, hasta 1681, y por Daniel y Lodewijk II en Amsterdam, con el mismo término. Después, el último de los impresores Elzevir de Leiden, Abraham, hijo de Jean, acabó llevando la empresa a la ruina. Durante casi cien años la saga familiar publicó libros de todo tipo y formato pero se hizo célebre principalmente por sus pequeñas ediciones en dozavo o dieciseisavo de los clásicos grecolatinos, siempre en buen papel, siempre precedidas de una portada grabada en calcografía, siempre impresas utilizando tipos tan menudos, tan precisos y tan definidos que cada una de sus páginas parece a veces una obra de orfebrería. Otras lineas editoriales, como la literatura francesa o la colección de tratados políticos conocidos como les petites republiques, adoptaron la misma fórmula. 


Una edición elzeviriana en comparación con otras dos ediciones del siglo XVII, bien conservadas, de medidas similares.
Algunos volúmenes de les petites republiques en su encuadernación original subastados como lote en Christie´s hace años.

   Su imitación por no pocos impresores de Holanda, Flandes, Francia o Italia, fraudulenta en ocasiones, fue la primera prueba de su éxito. La segunda, tan imprevisible como previsible había sido la primera, fue que en fecha ya temprana aquellas pequeñas ediciones acabaron convirtiéndose en objeto preciado de colección. La referencia más antigua que conozco procede de un conjunto de ensayos sobre bibliofilia del escritor Andrew Lang donde se extracta un diálogo de un libro francés de 1699 (Entretiens sur les contes de fées et sur quelques autres ouvrages du temps. Pour servir de préservatif contre le mauvais goût, pp. 263-264), en el que sus protagonistas comentan el tradicional prestigio, ajeno a su contenido, del que gozaban ya entonces las ediciones elzevirianas, tan notorio que había incluso quien se privaba de lo más necesario para reunir cuantos ejemplares pudiera encontrar. El coleccionismo de estos pequeños impresos siguió creciendo hasta el siglo XIX, cuando alcanzó su apogeo. Los bibliófilos escrutaban las librerías de toda Europa en su búsqueda, los clasificaban por la pulcritud de la edición, valoraban sus dimensiones con la precisión desmedida del buen Teodoro, pues no en vano se llegaron a comparar los milímetros de sus páginas con los quilates de los diamantes. Con frecuencia los hacían revestir de hermosas encuadernaciones en los mejores talleres de París. Sobre el lomo hacían constar en letras doradas que el ejemplar era un Elzevir, a veces con mayor interés del que ponían en consignar su autor o título. La encuadernación tenía que ser digna de su belleza.

Las Obras de Ausonio, encuadernadas hacia 1820 para Charles Stuart de Rothesay, con sus armas, en el taller de René Simier. No es una edición impresa por los Elzevir, pero sí siguiendo su modelo y como tal asimilada a las colecciones elzevirianas, como se puede ver en el lomo. 
Esta imagen y las siguientes proceden del mercado del libro antiguo, en estos días.

Las Obras de César, editadas en la oficina elzeviriana de Leiden, encuadernadas por Hippolyte Duru hacia 1850.

Las Obras de Virgilio bellamente encuadernadas, con el exlibris del bibliófilo Henry Huth.

Las Décadas de Tito Livio editadas por los Elzevir en su oficina de Amsterdam, encuadernadas a principios del siglo XIX en el taller de Bozerian el joven.

Diccionario greco-latino de Eilhard Lubin, editado por la oficina elzeviriana de Amsterdam, encuadernado hacia 1830-1840 en el taller parisino de M.Koehler.

Embajada de Bassompierre en España, impresa probablemente en La Haya, asimilada por Willems a la colección elzeviriana (Nº 1783), encuadernada en la segunda mitad del siglo XIX en el taller parisino de Francisque Cuzin.

   Los grandes coleccionistas fueron los primeros bibliógrafos. En 1822 se publica el Essai bibliographique de Berard sobre las ediciones más valiosas y más buscadas, en 1829 la Théorie complète des éditions elzeviriennes en los Melanges de Nodier, en 1847 el estudio de Charles Motteley sobre les erreurs de la bibliographie spéciale des Elzevir (entre varios catálogos descriptivos de venta de su propia colección, de varios miles de ejemplares), en 1851 los Annales de l’imprimerie elsevirienne de Pieters, en 1864 los catálogos elzevirianos de la Biblioteca de San Petersburgo y de la colección particular de Emil Steiner. En paralelo a todos ellos, las distintas ediciones del Manual de Brunet, que les dedica un espacio propio. En 1880, finalmente, Les Elzevier de Alphonse Willems, que acaba siendo el estudio de referencia del que pronto partirían otras publicaciones -como el Catalogue d'une collection unique de volumes imprimés par les Elzevier (1896) o las monografías de Berghman (1885) o Goldsmid (1888)- que amplían y perfeccionan los resultados de Willlems. Recorre todo el siglo XIX una secuencia de bibliografías elzevirianas. Van formando el canon al que acuden los coleccionistas preocupados de saber si el libro que acaban de encontrar es un auténtico Elzevir o no, si tiene los milímetros correctos, si han acertado con la edición adecuada de Tito Livio, de Horacio, de Tácito, el canon que repasan con cuidado para acabar preguntándose si les será dado tener frente a sus ojos alguna vez un ejemplar de Le pastissier françois, ese manual de pastelería que pasa por ser el más raro, el más buscado y el más valioso de toda la colección elzeviriana. Willems la circunscribió a 1608 ediciones impresas en Leyden, Amsterdam y Utrecht, y añadió también dos grupos de ediciones holandesas (1609-1960) y belgas (1961-2115) realizadas por otros impresores imitando el concepto y la calidad de aquellas, que los bibliófilos del siglo XIX venían añadiéndo a sus colecciones. Contabilizó también las mediocres ediciones contrahechas falsamente atribuidas a los Elzevir, sesenta y tres, numeradas entre el 2116 y el 2179. El latín y el francés eran, por este orden, las lenguas principales. En menor medida, el neerlandés y el italiano. No publicaron en español, quizás porque ese espacio en el mercado editorial lo ocupaban desde hacía décadas con buen oficio los impresores de Amberes y Bruselas. No obstante, sí aparecen en su catálogo algunas obras de materia hispánica e incluso un puñado de libros españoles que, por ser pocos, se pueden enumerar: El embajador de Juan de Vera, traducido al francés, De duplici viventium terra dissertatio paradoxica de Jose Antonio González de Salas, el editor de la poesía de Quevedo, el Tribunal medicum de Gaspar Caldera de Heredia, más de una decena de ediciones en latín de los comentarios del jurista riojano Antonio Pérez a las Institutiones de Justiniano o al Digesto, la versión española de los Diálogos de Philippe Garnier realizada por Marcos Fernández, autor de la rara Olla podrida a la española, el Memorial de fray Juan de San Diego en defensa del obispo de Paraguay en traducción francesa, las Epístolas de Pedro Mártir de Anglería con las Letras y los Claros Varones de Castilla de Hernando del Pulgar a partir de la edición latina complutense de Miguel de Eguía de 1530, la Vida del rey Almanzor de Miguel de Luna traducida del español al francés y varias obras de Juan Eusebio Nieremberg, también en traducción francesa. 
  El coleccionismo de ediciones elzevirianas acabó siendo un lugar común en la cultura decimonónica occidental, pero a finales de siglo comenzó a declinar. Todavía en 1895 se podía leer en los entretenidos Amores de un bibliómano de Eugene Field que su protagonista, después de perder un Elzevir en una subasta de libros, se vio atacado por la melancolía hasta tal punto que tuvo que meterse en la cama, pues un Elzevir era para él una de las cosas más hermosas que podían ser contempladas por los ojos humanos. Quienes pensaban así fueron desapareciendo. Hace mucho tiempo ya que las ediciones elzevirianas pasaron de moda y en la actualidad no tienen ni de lejos el valor relativo que tenían entonces en el siempre voluble mercado del libro antiguo. Poco queda ahora de aquel coleccionismo ancestral, pero sí gracias a él numerosos ejemplares supervivientes de aquellos talleres, muchos en magnífico estado de conservación y no pocos firmados por los mejores maestros del arte de la encuadernación en el siglo XIX. Y aunque pocos perseguirán ya el anhelado Pastissier françois o perderán el sentido, como Teodoro, por una diferencia de un tercio de linea y casi nadie entenderá el elzeviriómetro como una parodia verosímil, todavía podemos intuir aquel coleccionismo leyendo los muchos testimonios que nos quedan de él, como los citados de Lang, Field o Nodier (cuya traducción se puede descargar gratuitamente en ebook). 

Ilustración de Maurice Leloir para El bibliómano, de Charles Nodier, París, 1893 (Gallica).

    Quizás en este desinterés del inapelable mercado tenga no poco que ver el desprecio social de los estudios clásicos, que ha vuelto incomprensible para el lector común (ya de por sí escaso) la mayor parte de la colección elzeviriana. Como no podemos sino pertenecer a nuestro tiempo y mi nivel de latín es manifiestamente mejorable, yo sólo tengo esta hermosa edición de las seis Comedias de Terencio, pulcramente encuadernada hacia 1830 en el taller parisino de Koehler. Uno de los propósitos que hice para el nuevo año era mejorar mi latín. Espero que aparezca alguna otra edición elzeviriana por estas páginas. Querrá decir que lo he cumplido.

Terencio Africano, Publio, Pub.Terentii Comoediae sex. Ex recensione Heinsiana, Amstelodami, Ex officina elzeviriana, Aº 1661.
En dozavo (129 x 72 mms.), [48], 304, [8] páginas incluyendo portada calcográfica grabada por Cornelis Claeszoon Duysend, encuadernado en marroquín rojo dorado en cejas y cortes, con indicación de autor y editor en lomo nervado, signado "Koehler" en las guardas.


12 comentarios:

  1. Felicidades por este bello ejemplar elzeviriano que posees. Por cierto, ahora existen excelentes clases de latín online: http://www.utexas.edu/cola/centers/lrc/eieol/latol-0-X.html. por ejemplo Ya no hay excusa para ignorar ese fascinante idioma (que, además, es mucho más útil de lo que las autoridades que se ocupan de la educación parecen pensar).
    Me encantan las obras que tratan de bibliómanos, por lo general personajes encantadores en su monomanía: conocía la de Nodier, pero no la de Field. Me haré con ella.

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  2. Por ahora voy intentando refrescar el latín mal aprendido en el bachillerato y la universidad que arrastro, me he impuesto una pequeña disciplina en la que espero perseverar. Respecto a lo que comentas de los bibliómanos, a mí también me fascinan esas historias (no sé si al decir esto resulto demasiado obvio). Baste decir que me gustó cómo se refleja ese mundillo en El club Dumas y La novena puerta, aunque me lleve encima los gorrazos de todos los que no soportan a Pérez Reverte. En la referencia al libro de Field está el enlace al comentario que hace de él su traductora, en su propio blog.

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  3. Me ha encantado este articulo! He aprendido muchooooo! Buen trabajo! Seguiré leyendote!!

    PD: Quiero lomos ELZ jajajajaja :D

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  4. Muchas gracias por tu comentario. No me extraña que te hayan llamado la atención las imágenes, viendo en tu blog el buen gusto que tienes para las encuadernaciones.

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  5. Urzay.
    Hermosos ejemplar, seguramente vamos a tener el placer de ver otras ediciones elzevirianas en tu blog, acompañadas de los siempre ricos, atinados y entretenidos comentarios con los que las acompañas.
    Un abrazo

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  6. Muchas gracias por tus palabras, Marco, espero que sí. Un abrazo.

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  7. que srpas que por tu culpa ya tengo un elzevir jojojo me has corrompido!!!! Y me alegra que lo hayas Hecho!!!

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  8. ¡Qué bueno! Ya te has dado prisa, ya. Cuento con verlo en tu blog algún día de estos.

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  9. Lo que pasa es que la emoción me hizo comprovar su autenticidad a posteriori jajajajajaja Pero afortunadamente salía como buen elzevir en todos los catálogos que en tu blog enlazas. Cuando me llegue te dedico la entrada!

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    1. La verdad es que me ha faltado encontrar en la red alguna copia de las publicaciones de Berghman para enlazarlas, que añaden algo al estudio de Willems. Lo bonito de estos catálogos también es que no se limitan a reseñar las ediciones, sino que muchas veces a modo de "arbitri elegantiae elzevirianae" sus autores van calificando con sus comentarios las ediciones, ésta es buena, ésta es peor que la del año anterior con la portada en letras rojas, ésta bien merece una buena cantidad de francos o libras. Son apreciaciones muy de la época, porque yo me he fijado a veces en ediciones que no reciben muchos elogios en ellos y son formalmente tan buenas como otras que sí, pero quizás no tenían algún detalle tipográfico que entonces se apreciaba, o eran menos difíciles de encontrar. Estaré atento. :-)

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  10. estarán pasados de moda, puede ser, pero el ejemplar me parece precioso y el artículo muy bueno para ir aprendiendo poco a poco.gracias.

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    1. Lo bueno que tienen las modas pasadas es que te permiten encontrar libros muy interesantes por los que apenas nadie se interesa (y son por ello bastante asequibles). Las ediciones de los Elzevir son un ejemplo evidente en nuestros días. Muchas gracias a ti por tu comentario.

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