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martes, 10 de febrero de 2015

LA ENCUESTA DE BENEDETTO VARCHI

   Sucede con frecuencia que el ejercicio de un cierto conocimiento especializado acaba asociado a un cierto alejamiento de la realidad. Se podrían encontrar múltiples ejemplos prácticos que lo confirmen, pero no es necesario: los nacionalismos y el periodismo deportivo demuestran cada día cuán cierto es. A lo largo del siglo XV algunos pintores y escultores tomaron conciencia de que sus artes iban más allá de la mera actividad mecánica artesanal, que había conocimientos imprescindibles para su ejercicio que pertenecían a las llamadas artes liberales y que sus resultados constituían un lenguaje no muy distinto en lo esencial al de las letras, prestigiadas por su vinculación al Trivium, practicadas sin desdoro por la gran aristocracia y los altos dignatarios de las cortes europeas. Algunos de aquellos pintores, escultores o arquitectos trasladaron en Italia sus reflexiones al papel. Surgió así la teoría del arte en una forma que perviviría hasta las vanguardias. Poco después sobrevino la fatalidad que inicia estas lineas: algunos artistas y tratadistas comenzaron a preguntarse cuál de las artes figurativas era superior a las otras, si la pintura era superior a la escultura, si la escultura era más compleja, si Madrid o Barcelona. En esas estaban cuando el escritor florentino Benedetto Varchi tuvo la idea de hacer una encuesta. Pensó que la respondieran los más célebres artistas de su tiempo. Hoy en día, si creemos a Houellebecq, hubiera tenido que acudir a Damien Hirst o Jeff Koons. Por suerte para Varchi en aquel momento podían responderla Bronzino, Pontormo, Cellini y aún Miguel Ángel, septuagenario, lúcido y activo. Mayor fortuna hubiera tenido, si cabe, de haber hecho la encuesta unos años antes. En 1546, Varchi defendió sus ideas sobre las artes en dos discursos ante la academia florentina. El segundo, que se ocupaba del parangón entre la escultura y la pintura,  exponía su teoría en tres secciones que se concluyen con la transcripción directa de las cartas de ocho artistas que respondieron a su requerimiento. Eran, además de Miguel Ángel, tres pintores (Bronzino, Vasari, Pontormo), tres escultores (Cellini, Sangallo, Tribolo) y un taraceador (Tasso). Que sus palabras se hayan conservado es uno de los lujos que nos reservan los libros. Ambas lecciones se publicaron en Florencia tres años después. La segunda fue traducida por primera vez al español dos siglos más tarde.
  
 Tiziano, Retrato de Benedetto Varchi hacia 1540, Viena, Kunsthistorisches Museum, y copia del mismo retrato grabada hacia 1660 por Vorsterman el joven sobre modelo de David Teniers.


Varchi, Benedetto, Lección que hizo Benedicto Varqui en la Academia florentina en tercer domingo de Quaresma del año 1546. Sobre la primacía de la artes, y qual sea más noble, la escultura o la pintura. Con una carta de Michael Angelo Buonarroti, y otras de los más célebres pintores y escultores de su tiempo sobre el mismo asumpto. Traducidas del italiano por don Phelipe de Castro, primer escultor de Cámara de S.M. director principal de la escultura del nuevo real palacio, director de la Academia de S. Fernando de las tres bellas artes, académico romano y florentino, y entre los arcades de Roma Gallesio Libadico. Quien lo dedica al excmo. señor don Joseph de Carvajal y Lancaster, etc., Madrid, en la imprenta de don Antonio Bieco, 1753. 
[40], 210 páginas. Octavo, encuadernado en pergamino original sobre cartón.



   El traductor era Felipe de Castro, primer escultor del rey, formado durante muchos años en Italia. En una extensa nota preliminar, Castro justificaba la edición como un medio de rebatir a algunos tratadistas españoles (Pacheco, Carducho, Jaúregui o Palomino) que habían defendido la superioridad de la pintura sobre la escultura con argumentos tomados en ocasiones de las respuestas de Vasari, Bronzino o Pontormo a Benedetto Varchi. Su poco desinteresado objetivo era precisamente el opuesto, y acudía para ello a la autoridad de Miguel Ángel entresacando algunas citas de la misma fuente para respaldar su argumentación. La lectura directa de su carta, siendo obvio que Miguel Ángel se sentía principalmente escultor, revela sin embargo una posición bastante menos militante de lo que prefiere su traductor y, por el contrario, bastante más descreída. Últimamente vivimos en nuestro país a golpe de encuesta. Quienes administran lo que tenemos en común parecen más preocupados por el último sondeo que por gestionar los problemas para cuya solución han sido elegidos. Quizás leer la irónica respuesta del gran Miguel Ángel a la peculiar encuesta de Benedetto Varchi contribuya de algún modo a mantener la distancia justa frente a tan vacilantes certezas.
 

viernes, 14 de marzo de 2014

EL CABALLERO DE LA ALMANACA

   Una almanaca, para quien como yo se lo haya preguntado, es un collar femenino. Este arabismo documentado en la España bajomedieval no está ya en Covarrubias ni en Autoridades ni tampoco en las ediciones antiguas del Diccionario de la Real Academia (que no lo incorpora hasta 1873) pero en 1858 alguien decidió utilizarlo en un título que no se iba a entender, como una extravagante declaración de intenciones. Ese título, que encabeza estas lineas, pertenece a un libro que ocupa un lugar no menor entre las muchas rarezas que pueden llegar a encerrar las bibliotecas. 
   Uno de los mayores problemas que ha de resolver el autor de una ficción situada en algún momento del pasado es el de la pertinencia del lenguaje narrativo. No es fácil, pues los personajes que habitan esa ficción no se expresaban exactamente como lo hacemos ahora, y el lector o el espectador lo saben y esperan legítimamente poder creerse lo que tienen ante sus ojos. Por desgracia lo más común es adoptar soluciones epidérmicas, arcaizando las fórmulas de tratamiento, salpimentando el texto con cierto vocabulario estereotipado, poco más. Existen diferentes alternativas para resolver este problema narrativo, pero hay una -si puede tomarse como tal- particularmente inusual: que un autor opte directamente por intentar recrear el lenguaje del pasado, sin más. En nuestro tiempo me viene a la memoria, por ejemplo, La dulce ira, una novela de Luis G. Martín que sucede en el siglo XVI, donde todo el trabajo lingüístico de la novela, y es mucho, contribuye a hacer verosímil una inquietante propuesta moral. En el pasado, la recreación del lenguaje antiguo se utilizó a veces con ambición de hacer pasar ciertos textos por verdaderos. Dos ejemplos han aparecido ya por estas páginas, el Centón epistolario y El buscapié. Sin embargo en muy raras ocasiones se utilizó declaradamente en una ficción. Se me ocurren dos casos diferentes pero prácticamente simultáneos. El primero es la Leyenda de las tres toronjas del vergel de amor (1856), de Agustín Durán, en verso. El segundo, en prosa, es el libro que hoy ocupa este blog.



González Valls, Mariano, El caballero de la almanaca, novela histórica escrita en lenguaje del siglo XIII, por Don Mariano González Valls. Publicada a expensas de Su Majestad, Madrid, 1859.
Folio marquilla (345 x 265 mms.), [8], 222, [1] páginas. Encuadernación heráldica original del taller  de Miguel Ginesta de Haro (sucesor de Miguel Ginesta Clarós) en chagrín marrón con doble hilo dorado que encuadra un diseño geométrico gofrado sobre ambos planos, supralibros central con el escudo de Isabel II en oro, cortes dorados, ruedas en contracantos, lomo nervado con título estampado en oro, florones gofrados y firma del encuadernador (GINESTA) en su base. Sello de tinta de antiguo propietario en la anteportada. Algunos ejemplares añaden antes de la dedicatoria a la reina una dedicatoria en verso al futuro Alfonso XII en el primer aniversario de su nacimiento, que entiendo sea variante en la edición y no deficiencia en este ejemplar, dada su encuadernación
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martes, 8 de octubre de 2013

ALGO MÁS QUE UN DICCIONARIO.

   Se sabe que los primeros humanistas del Renacimiento hacían encuadernar algunos libros de sus bibliotecas intercalando hojas en blanco entre los pliegos impresos. De esa manera podían glosar el texto de los clásicos evitando el angosto espacio que para la anotación permite un margen. Una tardía pervivencia de esta costumbre, que yo apenas conocía por una carta de  Juan Páez de Castro a Jerónimo Zurita, adquirió todo su sentido material al desenvolver un paquete postal procedente de Boston. De él salieron cuidadosamente protegidos uno a uno los seis tomos de la primera edición del Diccionario de Ceán Bermúdez.


lunes, 26 de agosto de 2013

ILUSTRACIONES ROMÁNTICAS DE GIL BLAS

   Que a comienzos de 1835 Jean Gigoux quería algo más está fuera de toda duda. Tenía 29 años. Estaban, sí, esas litografías inesperadamente bien pagadas que le compraba Achille Ricourt para L’Artiste, esos primeros retratos que ya le habían permitido acudir al Salón oficial de la Academia de Bellas Artes, esas frecuentes visitas al salón literario de Nodier en la biblioteca del Arsenal, allí donde con 29 años aprendía quién quería ser. No pudo llegar en mejor momento a su modesta buhardilla de Saint-André-des-Arts aquella propuesta: tres editores, Paulin, Hingray y Dubochet, preparaban al parecer una nueva edición de Gil Blas de Santillana. El primero de ellos pondría el nombre. El último, los 14.000 francos necesarios para iniciarla. Después pretendían financiarse con las contribuciones de los suscriptores, pues contaban con el atractivo que podía tener para el gran público una edición de esta novela a precios populares salpicada en toda su extensión con vivaces imágenes modernas al estilo que permitían las más recientes técnicas de grabado, y no mediante láminas intercaladas fuera de texto, como se había ilustrado hasta entonces. 
    En resumen, necesitaban cien dibujos. 
  

Jean Gigoux en la década de 1830. Al lado, anuncio de la suscripción tal como la reproduce Leopold Carteret en Le trésor du bibliophile romantique et moderne, 1801-1874, III, París, 1927.

domingo, 7 de julio de 2013

LABERINTOS APENAS DESCIFRABLES

   Me suelo fijar en las lecturas que citan los escritores que me interesan. En realidad me suelo fijar en las lecturas que citan todos los escritores, los que no me interesan también. No es premeditado, debe haber en ello una intituitiva esperanza de descubrir todavía libros que puedan conmover como lo hacen los que se leen a esa edad en la que una lectura marca para siempre. Como me suelo fijar, creo no equivocarme si comento que con frecuencia los referentes literarios de la mayoría de los escritores actuales se quedan en los últimos ciento cincuenta años. De los cuatro mil años anteriores, algunos, no muchos, nombran autores europeos clásicos, ocasionalmente grecolatinos, raramente asiáticos y de vez en cuando medievales. Lo que jamás he oído citar a ningún escritor son las obras de Juan de Mena.


martes, 15 de enero de 2013

PINEDA EN LONDRES

   Poco se ha dicho de Pedro Pineda, y poco se puede decir, aunque a su cargo estuviera editar el texto del primer Quijote cuya forma editorial trató de expresar el creciente prestigio que la obra de Cervantes iba adquiriendo en las letras europeas. Es sabido que ese proyecto se gesta en Inglaterra, que ve la luz en 1738 en la casa editorial de Jacob y Richard Tonson, y que es una evidencia más de la presencia de Cervantes en la literatura inglesa del siglo XVIII, tan obvia en Fielding, Sterne o Smollett. Todavía en aquel tiempo las mejores ediciones en español seguían siendo las flamencas en octavo, y el Quijote de la Academia impreso por Ibarra, -que es de hecho  el equivalente hispánico de esa edición-, llegaría varias décadas después. Consecuencia curiosa del prestigio creciente de la obra de Cervantes es la lectura atenta que empezó a merecer el escrutinio de la biblioteca de don Quijote. A ella se debe a veces una cierta confusión entre los juicios estéticos del autor y los libros que Pero Pérez, el cura del lugar, salvaba de la hoguera. En ocasiones esa lectura derivó en una cierta fortuna editorial. Que en 1778 Antonio de Sancha reeditase la Diana enamorada de Gil Polo, o que en 1804 la Real Academia dedicase uno de los primeros experimentos de la estereotipia en España al Aminta de Jaúregui no son probablemente hechos ajenos a ella, pero quien sin duda la tuvo en cuenta fue Pedro Pineda cuando se decidió a editar en 1740 Los diez libros de Fortuna de Amor, de Antonio de Lo Frasso. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

UN LIBRO RARO

   Voy a abandonar el acogedor silencio del verano para reanudar este blog con el desenfado que merecen estos tiempos crispados, siguiendo una propuesta de otro, el muy recomendable Las luciérnagas no usan pilas, que hace unos días invitaba a sus lectores a elegir los tres libros más raros que pudiera encontrar cada uno en su biblioteca. No se me ocurre ningún otro que me produzca una extrañeza equivalente al que he elegido, así que reduciré la propuesta a uno solo. El concepto de rareza en el ámbito del libro antiguo suele referirse a la escasez de ejemplares conservados de una edición determinada. Hay incluso quien, como Salvá, se ocupó de establecer toda una jerarquía en la gradación de la rareza de un libro, todavía en uso entre bibliófilos. De este concepto participan algunos libros que han pasado ya por estas páginas, pero preferiría centrarme en lo que la rareza de un libro o de cualquier cosa significa para nosotros en el lenguaje cotidiano, que es realmente el objeto de la propuesta. El libro que creo más raro de los que tengo es una edición de 1767 de un Comentario de la llamada guerra de Esmalcalda escrito por Luis de Ávila y Zúñiga, en octavo. Me llamó la atención porque hace algún tiempo que me vengo interesando por los círculos de eruditos y humanistas que se movían en la administración durante los reinados de Carlos V y de Felipe II, y Luis de Ávila es un personaje relevante de esos círculos, cuya cercanía al emperador le otorgaba una influencia no desdeñable, como se sabe por los testimonios de Pietro Aretino o Páez de Castro. De esta relación histórica de las campañas que dieron lugar a la batalla de Mühlberg fueron impresas varias ediciones en Venecia (1548, 1552, 1553), Salamanca (1549), Zaragoza (1550, 1551), y Amberes (1549, 1550), al hilo de los hechos narrados. En los mismos años se publicaron también traducciones al italiano (1548, 1549), latín (1550), francés (1550, 1551) e inglés (1555). Pero al perder actualidad, el Comentario cayó en el olvido editorial, hasta reaparecer fugazmente en 1620 en latín, en 1672 en francés, o ya mucho después, en esta edición madrileña del siglo XVIII. No es un libro raro en términos bibliográficos ni de mercado, pues se pueden encontrar bastantes ejemplares de la edición en bibliotecas públicas españolas, y unos cuantos más en el comercio del libro antiguo. Está además reproducido en la Biblioteca Digital Hispánica o Google Books, y editado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Lo que hace de éste un libro sorprendente es que se conserva tal como salió de las prensas en 1767, es decir, plegado en cuadernillos de papel sin cortar y sin coser, de manera que al desplegarlos se aprecia el pliego original completo con la composición de páginas impresas. Para leerlo hace falta una mesa entera sobre la que ir girando el pliego según se acaba cada página. Los cuadernos están ordenados y atados como un pequeño legajo, con un cordel de cáñamo sujeto con nudo archivero. El primero y el último tienen solo dos hojas, utilizando la cuarta parte del pliego, y del penúltimo se ha cortado una sección para doblarlo de manera peculiar. El papel es de magnífica calidad, como ocurre con frecuencia en la imprenta hispánica de este período, y se conserva como si hubiera sido impreso ayer, con el suave relieve negro de cada letra perceptible al tacto.  


jueves, 3 de mayo de 2012

CÁNONES

  Tengo un muy buen amigo, -lo somos desde niños-, que nunca ha leído un libro. Al margen de los libros escolares, quiero decir, o de los que ha tenido que leer para su especialización profesional. Recientemente vio tantas veces anunciada una novela histórica que rompiendo ese sacerdocio se fue a comprarla a una librería. El día que me lo contaba le pregunté qué le había parecido. “No sé”, -contestó riéndose-, “la dejé despues de ciento y pico páginas. La historia empezaba en la plaza del Obradoiro y por entonces todavía no habían salido de ella”. El cuarenta o cincuenta por ciento de la población que según algunas estadísticas está en el mismo caso que mi amigo jamás ha perdido el tiempo pensando cuales son los mejores libros que ha leído. Obviamente, son los mismos que los peores. Por el contrario, los que están en el lado opuesto de la estadística saben que al cabo de unas docenas o centenares de lecturas empieza a desarrollarse de manera natural ese gran enemigo de la prudencia: el gusto personal. Después de leer, no sé, muchos libros, el curioso lector, mal que le pese, se habrá formado una jerarquía estética que pronto se sentirá impulsado a contrastar con la de otros, intentando muy saludablemente dedicar cada vez más tiempo a las buenas lecturas y menos a las malas. Un poco más allá, algunos sentirán la curiosidad de averiguar en qué se parece ese, -llamémosle-, canon personal, al consenso colectivo de la sociedad en la que viven. Finalmente, unos pocos de esos lectores, investidos de algún tipo de autoridad, darán un último paso y sugerirán como canon colectivo el propio. Sí, después dirán que en realidad ellos no querían, que se lo pidieron otros... Da igual, sabemos que la tentación existe. Y ahí es donde empiezan a llover los palos. Proporcionales, como en el patio de Monipodio, a la intensidad de la ofensa, que viene a relacionarse con la osadía del canonista: por mostrar las propias lagunas intelectuales, un espanto ejecutado por la comunidad toda; por valorar unos autores por encima de otros, doce palos de mayor cuantía; por omitir con intención o sin ella ciertas obras o escritores, una clavazón de cuernos; por cometer un error clamoroso de principiante, una cuchillada de cincuenta escudos. 
   Hace unos días, intercambiando opiniones sobre el Canon occidental de Harold Bloom pensé que tenía que dedicar una entrada a Juan José López de Sedano, uno de los primeros que en nuestro país cruzó esa peligrosa linea. Como desde entonces no se me ha ocurrido nada mejor y ya me atormenta hoy la culpabilidad de no actualizar estas páginas, a continuación va la imagen de lo que hizo, que no tiene mal aspecto.


lunes, 6 de febrero de 2012

AÑOS DE LIPOGRAMAS

     Días atrás días salí de una librería con la reedición de Zazie en el metro. Había estado hojeando también un libro reciente en homenaje a los Cien mil millones de poemas de Queneau, y ya puestos, varios libros de Perec. Me atraen los experimentos formales y los juegos narrativos, aunque al final siempre acabe leyendo otras cosas. En la solapa de uno de aquellos libros se hablaba de La desaparición, una novela escrita sin usar la letra E. Este artificio, que era muy del gusto de Perec, se conoce como lipograma. Observo con frecuencia que los seres humanos solemos tener una intuición terminal de la historia, como si cada momento del pasado no hubiera tenido otro sentido que ser parte del camino que lleva al presente, como si no tuviera explicación más que a partir de éste. Normalmente es necesario sobreponer a esa intuición una cierta racionalidad para no acabar teniendo una memoria tan imprecisa como algunos autores de divulgación histórica, bastantes periodistas o casi todos los políticos, pero este es otro tema. En lo que se refiere al de esta entrada, no es difícil relacionar el artificio, el juego, la experimentación formal en narrativa, con una vaga idea de lo moderno. Si tratamos de recordar algunos títulos, con naturalidad surgirán bastantes cercanos al momento que vivimos, o todo lo más, nos remontaremos a las vanguardias históricas. A un título caligrafiado en el lomo de un libro se debe que esta vez, hojeando aquella solapa, no me dejase llevar por mi memoria cercana en vez de recordar que hace mucho tiempo, en nuestra tradición cultural, se puso fugazmente de moda ese artificio. 
    En 1640 salieron de las prensas en Madrid y Barcelona dos libros que contenían novelas escritas sin la letra A. La primera, En el delicto, el remedio, formaba parte de una colección de Alonso Castillo Solórzano titulada Los alivios de Casandra. La segunda, Los tres hermanos, estaba incluida en un rarísimo volumen de Francisco Navarrete Ribera titulado Flor de sainetes. Un año después, en 1641, se publicó en Lisboa una colección de cinco novelas que llevaba el recurso al extremo, suprimiendo en el texto de cada una de ellas una de las cinco vocales. Se titulaba Varios effetos de amor en cinco novelas exemplares, y era la primera obra impresa de Alonso Alcalá y Herrera, un autor portugués de familia castellana asentada en Lisboa poco después de la unión política peninsular. Pese a la diferencia de un año, sus aprobaciones y licencias sugieren que los tres libros son prácticamente simultáneos. La primera aprobación de Los alivios de Casandra está datada el 10 de mayo de 1640. La de Flor de Sainetes, firmada por el temible padre Niseno, el 31 de julio de 1640. La de Varios effetos de amor, el 9 de julio de 1640. Sin una explicación obvia, la colección de Alcalá y Herrera tuvo un éxito superior a las otras. Con su título original se volvió a editar sólo una vez más (en Lisboa, 1671), pero cinco años antes había sido integrada por cierto Isidro de Robles en una compilación publicada bajo el título Varios effectos de amor en onze novelas exemplares, nvevas, nvnca vistas ni impressas, las cinco escritas sin vna de las letras vocales, y las otras de gusto y apacible entretenimiento, compvuestas por diferentes autores, los mejores ingenios de España. Por supuesto, la novedad que anunciaba tal título era falsa, pero el libro tuvo una presencia editorial recurrente durante un siglo, llegando a editarse seis veces (1666, 1692, 1709, 1719, 1729 y 1760).


sábado, 1 de octubre de 2011

AMECIDOS

   En ocasiones, después de leer un libro o ver una película, recuerdo un pueblo que queda ahora a las afueras de la ciudad donde vivo. Sobrevive allí una casa de comidas donde, cuando era niño, parábamos muchos domingos al mediodía antes de volver a casa. Uno de esos sitios donde se trata al cliente con indiferencia y se come lo que hay. Recuerdo que al llegar a los postres, en caso de ser preguntado por los neófitos, el patriarca del lugar, un tal Rogelio, solía recitar secamente la misma letanía: “De postre tienen melocotón, flan, queso o amecido”. Ante tal disyuntiva, algunos, en la esperanza de una desconocida especialidad de la casa, preguntaban qué era el amecido. Imperturbable, ese hombre sin edad contestaba siempre lo mismo: “Le ponemos en un plato el melocotón, el queso y el flan, todo junto. Amecido”. 
   Si se busca una manera de definir lo que es, sin duda, una de las fórmulas de mayor éxito en la historia de la industria cultural, pocas habrá más eficaces que la desusada de aquel Rogelio. El amecido podrá ser bueno o malo, pero suele funcionar. Si se mezclan bien, por ejemplo, una trama tomada sin rubor de Dashiell Hammett con un marco inspirado en el Chicago de la ley seca, algunos conceptos de Coppola y una banda sonora eficaz basada en una canción tradicional irlandesa que se cuidan de omitir en los títulos de crédito, estamos ante Muerte entre las flores, una obra maestra. Si la mezcla es más grosera, el resultado puede ser, digamos, El código da Vinci. Si leemos El señor de los anillos, o vemos sus adaptaciones cinematográficas, difícil será poder desprenderse de la sensación de estar ante el mayor amecido de casi todas las mitologías occidentales y no sé si parte de las orientales que haya sido escrito por mano humana. Si las ambiciones y la erudición del autor son menores, nos conformaremos, por decir algo de actualidad, con Juego de tronos. Una generación de niños que ha leído Harry Potter, como antes otra leyó La historia interminable, puede dar fe de la eficacia de la fórmula. Porque la infancia es aún más fugaz que la principal condición indispensable para que aquella funcione: la simple renovación generacional. Y hay tantos ejemplos como larga es la historia del arte. Veamos uno del siglo XVIII.


martes, 24 de mayo de 2011

ESTAMPAS DE DON QUIJOTE Y SANCHO

   Después de un tiempo de silencio voy a retomar estas páginas de bibliofilia con un libro que compense la gentileza de dejarse caer por aquí. Hace unas semanas numerosos voluntarios se sucedían durante varias horas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid leyendo en público el Quijote. Como de tantas otras cosas, no tengo opinión sobre esta liturgia que todos los años, desde hace quince, coincidiendo con el día del libro, inaugura el escritor galardonado con el premio Cervantes. Por una parte, motivos mucho más indignos vemos constantemente en celebraciones mucho más publicitadas. Por otra, sin embargo, no es difícil sentirse desbordado por la imagen social de este libro y de su autor. Durante mucho tiempo, si hubo un libro que fuera, por encima de cualquier otro, “el libro”, fue la Biblia. Es posible que hoy, en una sociedad mucho menos preocupada por la religión, “el libro”, en nuestra cultura, sea el Quijote. No es sencillo deslindar cuánto de esto se debe directamente a su lectura espontánea y cuánto a su presencia pública: nombres de premios, ceremonias, institutos culturales, bibliotecas institucionales, nombres de calles, plazas, estatuas, imágenes de sellos, de monedas, lecturas educativas... son una muestra suficiente. Pero detrás de todo ello hay una historia menos solemne. Basta recordar que el 23 de abril es el día del libro en buena parte porque en 1616, en la soledad de su parroquia madrileña, un clérigo anotó en el registro de defunciones de aquel día el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra, un hombre que vivía en la calle del León y se había ganado la vida de mil maneras. Meses atrás un contemporáneo le había descrito con simplicidad: era viejo, soldado, hidalgo y pobre. Cuatro días antes de aquel 23 de abril, ese hombre envejecido todavía había podido escribir la dedicatoria de su último libro: “ayer me dieron la extrema unción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. No resulta fácil conciliar estas sencillas palabras tan conmovedoramente humanas, el recuerdo de quien las escribió y la certeza de que probablemente casi nadie le recordaría si hubiera muerto antes de los 56 años, con la imagen simbólica que de él y de su obra frecuenta ahora nuestra vida cotidiana. Pero así son las cosas en esta sociedad tan fuertemente icónica. Veamos cómo era esa imagen en otro tiempo.


sábado, 19 de marzo de 2011

LOS LIBROS AMERICANOS DE ANDRÉS GONZÁLEZ DE BARCIA

Sentí entonces lo mismo que el vigía que observa
el firmamento y ve de pronto un nuevo astro;
o lo que el gran Cortés, cuando con ojos de águila
por vez primera divisó el Pacífico -y todos sus soldados
entre sí se miraron sin dar crédito a aquello-
callado, allá en lo alto de un monte del Darién.

(Del soneto de Keats, On First Looking into 
Chapman's Homer, en la versión de Borges).

    De entre las muchas guerras que libró la monarquía hispánica durante los más de 100 años que sostuvo su hegemonía europea, la primera que perdió, sin duda, fue la de la propaganda. No cabe pensar que no la libró. Pero ya a finales del siglo XVI numerosas fuentes confirman que sus adversarios habían conseguido crear un estado de opinión que iba más allá del mero enfrentamiento militar. Aquel, como bien sabemos hoy, habría de perdurar en el tiempo mucho más que éste. Naturalmente poco importaba en realidad la Inquisición a quienes convertían su nombre en un arma arrojadiza contra quienes directamente la padecían, o la suerte de los indígenas americanos a quienes se lucraban a su vez con el tráfico de esclavos a gran escala, o no tenían el menor reparo en llevarse por delante a cuanto indígena se antepusiera a sus propios intereses nacionales o particulares. Tanto o más que los hechos importaba la forma en la que se transmitían, una selección adecuada de los mismos, un tratamiento conveniente de la información, una difusión eficaz. Durante los siglos XVII y XVIII, de aquel estado de opinión fueron quedando numerosos prejuicios que pasaron a ser proverbiales y asumidos con naturalidad en escritos históricos o culturales foráneos desprovistos ya de una intención beligerante. Una de las preocupaciones de la España ilustrada fue tratar de oponer argumentos a tales prejuicios. Los ejemplos de esta preocupación son numerosos. La fundación en Sevilla del Archivo General de Indias puede ser quizás el principal, pero hubo muchas otras iniciativas. Una de ellas se debe al político, intelectual y bibliófilo Andrés González de Barcia, que bastantes años antes, entre 1722 y 1743, reeditó una amplia serie de crónicas con objeto de volver a poner en circulación numerosas fuentes ya entonces inaccesibles de la historia hispánica americana, y de confrontar con ellas lo que se escribía y publicaba en otros países europeos. Lo hizo en cuidadas ediciones que se ocupó, casi siempre, de revisar, anotar y prologar. Eligió para iniciar la serie, en 1722, la Crónica del Perú, del Inca Garcilaso de la Vega, cuya única edición, póstuma, databa de 1617, y que, aunque puede leerse de forma independiente, es en realidad la segunda parte de los Comentarios Reales, aparecidos inicialmente en 1609. Sin embargo, entre la reedición de uno y otro, Barcia intercaló otra crónica del Inca, la Florida, que no está relacionada directamente con las dos anteriores, y vinculada a ella la única de entre estas obras americanistas de su propia autoría, el Ensayo cronológico para la Historia de la Florida, publicado bajo el seudónimo de Gabriel de Cárdenas. Una vez impresos ambos, el cuarto volumen en salir parece haber sido la primera parte de los Comentarios Reales, en 1723.

domingo, 30 de enero de 2011

PIEDRA, PAPEL...¡TIJERA!

    Hoy es 30 de enero de 2.010, pero pongamos que de otro año. De 1714, por ejemplo. Lunes. La Gazeta de Madrid relata extensamente estos días la actividad de los plenipotenciarios que negocian la paz en los Países Bajos, los últimos episodios de una guerra civil y europea que desangra al país desde hace trece años, la salida del marqués de Tuy hacia el frente de Cataluña este sábado. Pongamos que bastante ajeno a todo ello, excepto quizás al tiempo riguroso que según se dice agrava la enfermedad de la reina, un joven madrileño camina embozado por la Calle Mayor hacia las librerías que hay frente a las gradas de San Felipe. Pongamos que  entra en la tienda que fue del viejo Gabriel de León y pide al oficial un libro largamente esperado. Que escucha al otro decir que tiene una nueva edición recién salida de las prensas, que se felicita de que queden todavía en los anaqueles un par de ejemplares ya encuadernados en pergamino porque la mayor parte está todavía en papel en la trastienda. Pongamos que entrega al oficial unos diez reales y recibe a cambio algo más o menos como esto:





jueves, 30 de diciembre de 2010

SOBRE LA PRIMERA TRADUCCIÓN DEL FURIOSO

   Libros de caballerías. Estas palabras tienen en nuestra cultura, al menos desde la Navidad de 1604, un significado especial. Poco importa que casi nadie los lea, todo el mundo sabe lo que son, aunque el tiempo los haya arrinconado en las bibliotecas de especialistas y bibliófilos. En otro tiempo, sin embargo, sus héroes legendarios, sus míticas geografías, sus castillos inaccesibles, sus mágicos prodigios fueron lectura entretenida del público letrado y aún, en lecturas colectivas, del iletrado. Como más tarde pasaría en el folletín decimonónico, el relato de sus muchos episodios y la presunción de su desenlace prevalecen sobre el desenlace mismo. Unos autores continúan la obra de otros, se hacen sagas, y continuaciones, y continuaciones de las continuaciones. Y bien mirado tampoco debería ser tan anacrónico ese mundo fantástico cuando hoy en día modernos libros de caballerías como El señor de los anillos siguen siendo fenómenos de masas. Quizás lo anacrónico es únicamente el lenguaje, y deja de serlo cuando historias ancladas en aquellas se trasladan al cine o a los videojuegos. En la actualidad, salvo unos pocos casos, no es fácil encontrar los viejos libros de caballerías en las librerías, aunque un proyecto institucional, Libros de Rocinante, viene reeditándolos desde hace unos años. Tampoco en el mercado del libro antiguo se ven las viejas ediciones con la frecuencia de épocas pasadas que conocemos por viejos catálogos, pero de vez en cuando, cada vez más raramente, todavía aparece alguno de estos libros, vestigio de aquel esplendor renacentista. El de hoy es uno de ellos, y aunque originalmente no pertenece a la tradición hispánica, fue asimilado con naturalidad entre los más populares relatos autóctonos por los lectores españoles de la segunda mitad del siglo XVI.

viernes, 15 de octubre de 2010

MEMORIA DE LA SIBILA

    
   Una tarde de otoño, hace más de diez años, mientras recorría las casetas de la feria del libro antiguo que en esas fechas se celebra en el Paseo de Recoletos de Madrid, encontré varios libros en pergamino amontonados entre la miscelánea bibliográfica que los libreros suelen situar en primera linea del frente. Había, como es de suponer, sermonarios antiguos, manuales litúrgicos, tomos sueltos de teología... y entre ellos un par de libros desubicados: una miscelánea histórica impresa por Ibarra, y una edición del siglo XVIII de las novelas de María de Zayas. Todos marcados en tres mil o cuatro mil pesetas, unos 20 euros de ahora, y en bastante buen estado. Había algo en la tipografía de las novelas que me pareció raro. O probablemente era sólo que no podía creerme tan buena suerte. Así que contra la opinión de mi pareja, que propuso llevarnos todo lo que nos pareciera interesante, y más a ese precio, argumenté con lucidez que la feria se acababa en un par de días, que esos libros llevaban allí varias semanas sin que nadie les hiciera ni caso, que ya era tarde, y que podíamos comprar el de historia, pasar a la mañana siguiente por la Biblioteca Nacional a contrastar en el catálogo la edición de Zayas, por si acaso, y después volver por ella. No sé bien por si acaso qué, pero así lo hicimos. Pagamos el volumen de Ibarra, y a la mañana siguiente, después de revisar el viejo fichero de la Biblioteca Nacional, cruzamos la calle para ir a buscar el otro en aquella caseta, donde en efecto seguía el mismo montón de libros. Menos el de Zayas, claro. En esas ferias no hay espejos y no pude ver la cara de idiota que se me quedó, pero la adiviné en la sonrisa condescendiente del librero cuando le pregunté por el libro. Desde entonces perdí el interés en el otro volumen, que ya no me parecía sino triste refrito destinado a acabar en manos de otro bibliófilo más piadoso, y busqué una edición distinta de Zayas, evitando en lo posible las del siglo XVIII, no hace falta aclarar la razón. Finalmente, después de buscar bastante por la red, en una librería italiana apareció ésta:

domingo, 27 de junio de 2010

DE VELEROS Y OCIOS

   Al entrar en una de las más antiguas iglesias de la ciudad de León, desapercibido a más de seis metros de altura, marcándose sobre la superficie blanca del techo, parece volar un navío. Suspendido allí desde hace cientos de años, este raro exvoto sobrevive maltrecho al paso del tiempo, al olvido y a las aves. Trazadas en mayúsculas sobre el casco azul a cada uno de los lados de la quilla, todavía se leen con dificultad dos palabras: a estribor, Rebolledo; a babor, Lepanto.

jueves, 13 de mayo de 2010

SUEÑOS IMPRESOS EN LISBOA

   A mediados de enero del año 1626 entraba en Zaragoza Francisco de Quevedo, caballero de Santiago, antiguo agente de la heterodoxa política italiana del virrey de Nápoles. Llegaba, tras un viaje de varias jornadas a través del frío invierno de la meseta, para integrarse en la comitiva de alguno de los dignatarios que se habían desplazado para asistir a las Cortes de los reinos de la Corona de Aragón, donde el conde duque de Olivares trataba de obtener una mayor contribución a los cuantiosos gastos militares de la monarquía, exhaustos ya los recursos de los reinos de Castilla.


Retrato de Francisco de Quevedo en esos años, como poeta laureado,
 incluído en el Libro de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, del pintor Francisco Pacheco.

viernes, 19 de marzo de 2010

SOBRE UNA EDICIÓN TEMPRANA DE GUZMÁN DE ALFARACHE

...huyendo los peligros de altos mares
donde aún la nave fuerte
va temerosa de contraria suerte
Horacio, Odas, II, X. 
Versión de Mateo Alemán.

   Se suele decir que a partir de cierta edad, más que leer se relee, y me temo que voy estando en condiciones de confirmarlo. Ciertos libros parecen escritos para ser leídos en un determidado momento de la vida, pasado el cual, si no los hemos leído, jamás lo haremos, y si lo hemos hecho, jamás volveremos sobre ellos. Por el contrario, existen otros libros que van haciendo el camino con nosotros. Y esto no tiene nada que ver con los géneros, sino con cada libro en particular. No me veo capaz de volver a enlazar, sin ayuda farmacológica, tres lecturas seguidas de la primera parte de la trilogía Los caminos de la libertad, como hice a los 18 años. Por citar un libro entre tantos que ahora no me llamarían la atención en el estante de cualquier librería. Pero creo, por el contrario, que se puede leer a Stevenson siendo niño, adolescente y adulto. O a Guillermo Brown, a Tintín, a Mortadelo. 
   No es difícil de entender que haya libros que uno vuelve a leer una y otra vez. 
   Lo que resulta más preocupante es que se empeñe una y otra vez en comprarlos.
   Hace poco, con motivo de un breve intercambio epistolar en el que un reputado bibliófilo me decía tener varios antiguos ejemplares duplicados, me dí cuenta de que yo también tenía alguno. Pero sobre todo, de que sin ser exactamente duplicados hay unos cuantos libros que he comprado más de una vez en edición antigua. Y uno de ellos que he llegado a adquirir cuatro veces.

viernes, 29 de enero de 2010

TRES AUTORES Y UN CENTÓN

   El 29 de marzo de 1642 el cronista Gil González Dávila mencionaba en una carta al erudito aragonés Andrés de Uztarroz cierto epistolario cortesano aparentemente escrito por un médico del rey Juan II de Castilla, Fernán Gómez de Cibdad Real, indicando que sus cartas avisaban “de muchas cosas que en aquel tiempo sucedían en Aragón y Castilla, que omitieron las historias”
   Era, que se sepa, la primera noticia de una de las más célebres imposturas de la historiografía española. 

jueves, 7 de enero de 2010

EL TEATRO DE PINTURAS DE DAVID TENIERS


     En 1992, relativamente desapercibida entre los numerosos actos de aquel año, el Museo del Prado organizó una pequeña y selecta exposición: David Teniers, Jan Brueghel y los gabinetes de pinturas. En ella se expusieron una treintena de ejemplos de pintura de gabinetes y también un libro, un libro concebido para ser mirado, no para ser leído. En el otoño de 2006, el Instituto Courtauld de Londres, aprovechando que contaba entre sus fondos con una parte significativa de los materiales empleados en su elaboración, dedicó a ese libro una exposición monográfica, David Teniers and the Theatre of Painting.